
Normalmente no soy muy de resorts, pero tenía una noche gratuita gracias a un programa de recompensas en el que participo. Así que decidí alojarme en el Ritz-Carlton de Fort Lauderdale para alargar un poco mi estancia bajo el sol de Florida.
Es un hotel precioso justo al lado de la playa, en una zona que recuerda mucho a Jumeirah Beach Residence en Dubái. Si le sumas unos cuantos autos deportivos más y quizá uno o dos leopardos, tendrías fácilmente The Walk JBR.
Mi habitación no daba al mar, sino hacia el otro lado, con vistas a los canales. En lugar de arena blanca y agua azul turquesa, tenía ese paisaje, que tampoco estaba nada mal. El interior de la habitación estaba decorado en tonos amarillo claro y blanco, lo que hacía que se sintiera muy luminosa y bañada por el sol, una elección acertada para un hotel frente al mar. El baño tenía bastante protagonismo del mármol, mármol por todas partes, pero si hay un lugar donde eso funciona, es en el Ritz.
La zona de la piscina daba a la playa y tenía ese aspecto impecable y tentador que suelen tener las piscinas de los resorts. Si no hubiera hecho tanto viento, me habría dado un buen chapuzón.
Desayuné en Burlock Coast, el restaurante del hotel situado a nivel de calle, justo al lado del paseo marítimo. Pedí un jugo recién exprimido, un croissant y un bowl de frutas. Todo estaba muy bien, pero después pensé que habría sido mejor pedir room service, porque esa habitación estaba hecha para desayunar en la cama.
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